Varanasi: ¿Espiritualidad o resignación?

Amanecer sobre el Ganges

Estoy en Manikarnika, uno de los crematorios más grandes de Varanasi. Lo que veo es la imagen de una película surrealista, digna de David Lynch. Un joven -que conocì en el tren- recorrió más de 1000 kilómetros con su abuela muerta para cumplir el último deseo de ella, el mayor de cualquier hinduista: ser cremada a orillas del rio Ganges donde volcarìan sus cenizas para evitar el “Samsara”; es decir, el ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación. Para la tradiciòn hinduista, seguir atado a la existencia terrenal es un castigo y observando còmo viven los indios, creo que tienen razòn.  

El Manikarnika no para de cremar cuerpos. “24 x 7” me dice un joven que trabaja allí, haciendo referencia a las 24 horas del dia y los 7 dias de la semana. Mientras arde la llama sobre lo que alguna vez fue una persona, pasan alrededor un sin fin de cosas. Las vacas merodean en busca de comida y yo prefiero evitar pensar que comen, no sea cosa que se trate de una especie de vaca “omnivera” y la revelación me resulte evidente. Mientras tanto, un grupo de “intocables” – la casta más baja del hinduismo- se arroja sobre el Ganges en busca de joyas o cosas de valor que hayan quedado de esos cuerpos. En las cremaciones no se deja participar a las mujeres, pensando que sus llantos pueden impedir la elevación del espíritu; respecto a los hombres, queda claro que ellos no pueden llorrar. El olor a cuerpo quemado me produce sentimientos encontrados: me recuerda un poco a Argentina cuando los domingos al mediodía las calles se inundan de olor a asado en los barrios. Porque aunque nos cueste reconocerlo, se trata de un olor con el mismo origen: carne rostizandose.

Acá de la muerte, viven muchos. La mayoria tienen un “currito” alrededor de las cremaciones: estàn las peluquerías callejeras a cielo abierto que rapan a los hombres en señal de duelo, simbolizando el “sacrificio de la belleza”. Tambien están los “carpinteros” que venden las maderas para la cremacion: cremar un cuerpo implica comprar al menos 250 kilos de madera; las hay de distintos precios y calidades, de acuerdo a la casta del finado. No pueden faltar los “cremadores” que proveen el “fuego sagrado” como condición para la elevación del espíritu. Se trata de una artorcha que no se apaga nunca y es vigilada celosamente. Otro de los curros son los “fotógrafos de la muerte” que andan con sus cámaras ofreciéndote la última foto de tu familiar antes de ser cremado. Me pregunto: ¿Por què alguien querrìa la foto de un ser querido muerto? La respuesta la hallo en un cartel: “Welcome to India”.

La vida en los ghats

Yo también tuve mi propia experiencia con la muerte en Varanasi al comer una sandia que me ofreció una mujer muy transpirada. Cada gota gruesa de su frente caìa sobre la fruta en forma directa y yo cometí el error del viajero principiante: aceptar comida de extraños para no despreciar. Al día siguiente me agarro una gastritis galopante, lo único que podía hacer era tomar agua y sentarme en la puerta del hospedaje para ver el panorama callejero que era espectáculo suficiente: el tipo semidesnudo de túnica blanca que venia todos los días a la misma hora a rezar frente a un monumento deforme de Ganesh (había que tener mucha imaginación para pensar que se trataba del elefante sagrado del hinduismo). Los monos que correteaban por ahí, tratando de robar comida a los desprevenidos. Los cachorritos huérfanos y famélicos que merodeaban en la basura. Con uno me encariñe y todos los dias le daba algo de comida. Pablo -mi compañero- me decia que deje de darle comida a los perros, despues de todo no podia cambiarles la realidad a los perros, ni a los chicos, ni a la gente. India era India. Recorde aquella frase clichè que varios viajeros me habian advertido: “La amas o la odias pero nunca te resulta indiferente”.

Un dia fui a alimentar al cachorrito y lo encontre moribundo con una lastimadura en el cuello. Otro perro lambia su herida para darle alivio pero el cachorrito gemia del dolor, necesitaba asistencia veterinaria sino morirìa. Fui a avisarles a los dueños del hospedaje, esperando que me ayudaran a asistir al pobre animalito. No me entendieron mucho, ellos estaban rezando plàcidamente como todos los dias y yo parecìa una loca. Despues de todo, en un pais donde mueren miles de niños al dia de hambre, la muerte de un perrito era casi anecdotica. Pablo me decia que me calmara, que no podiamos hacer nada, que aunque logremos curar al perrito, no tendria muchas chances de sobrevivir. Me volvi loca llamando a supuestos veterinarios pero no podia hacerme entender y no por la barrera idiomatica sino por la cultural ¿Por qué alguien querrìa salvar a un perrito? La verdad no tenia sentido o yo no podia hallarla. Acepte la triste realidad y cuando volvi, el cachorrito ya estaba muerto sobre un monticulo de basura.

Ese dia entendí porque en India todos rezan y no paran de rezar; tanto en la orilla del rìo como en los puestos de comida callejera, en las casas, en los tuk-tuk. Debo reconocer que la situación “me sacaba un poco de quicio”  pero luego interprete que es una forma de supervivencia. Acaso ¿Se puede vivir de otra manera acá?. Un joven que me cruce en un ghats me dijo: “el destino esta escrito. Lo que tiene que pasar, pasarà”. Es la única manera de aceptar la realidad en Varanasi pero no puedo parar de preguntarme: ¿Se trata de espiritualidad o de resignación? Quizas ambas.

Varanasi: ¿Espiritualidad o resignación?
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2 comentarios en “Varanasi: ¿Espiritualidad o resignación?

  • diciembre 16, 2019 a las 2:38 am
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    Majo me encantan tus historias!!! Besos

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    • marzo 7, 2020 a las 3:32 am
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      Gracias Ale! ya estaré subiendo de este nuevo viaje 😉

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