Sri Lanka: Historia de una foto

Sobre el mejor té del mundo navega el cadáver de una pequeña hormiga. Parece desafiar la sofisticación que esta bebida representa para la cultura inglesa. El té que estoy tomando se importará a Inglaterra, llenando las tazas de las señoras copetudas cuando sea el “five o’clock tea”. Pero acá se toma todo el tiempo, con todas las comidas y mejor si es con una hormiga dentro. Es la bebida que nace en las praderas verdes de este país poco conocido: Sri Lanka.

Estamos en la casa de un matrimonio joven con dos hijos pequeños. El tè que estamos tomando, proviene de las plantaciones que ellos mismos trabajan. Peco todo el tiempo de pequeña burguesa occidental y les pregunto: “¿En serio es el mismo té que ustedes cosechan?” y ella me responde: “Sí, claro” con total naturalidad.

Extraviarse y explorar comienzan con la misma sílaba”, canta un uruguayo[1] que escribe lindas canciones. Y así es como esa mañana salimos decididos a perdernos para conocer la verdadera esencia del pueblo cingalés. Con Pablo coincidimos que el paisaje era atractivo en sí mismo y con transitarlo era suficiente, sin importar llegar a un lugar específico. Nos sentíamos dentro de un cuadro: estábamos en medio de plantaciones de té, arvejas y arroz.

Llegamos a una plantación que parecía desierta. Sólo había un perro que nos ladraba con insistencia, cumpliendo el rol de guardián del té. Ante la insistencia perruna, apareció un muchacho joven que se presentó tímidamente en un inglés tan limitado como el mío. Creo que pensó que éramos anglosajones y se entusiasmó al encontrar extranjeros para practicar el idioma que estudiaba como autodidacta a través de un viejo libro. Sólo espero que no haya creído que mi pronunciación era correcta.

El joven -que se presentó como Joshua- llamó a su esposa “agitando los brazos” como si se hubiese enterado que “ganó la loteria”. Ella llegó y se sorprendió que tanta alegría se debiera a nuestra simple presencia. A mi me sorprendió que fuese más joven que yo. Llevaba un vestido de color rojo gastado con margaritas. En sus brazos sostenía a su hijo más pequeño y junto a ella estaba la hermana mayor, una réplica suya a menor escala. El nene tenía unos cuatro años y llevaba puesta una remera de los “Angry birds” y yo me pregunté si realmente conocía esos dibujitos. Los dos niños estaban descalzos. Entre las separaciones de los dedos de sus pies se colaba la tierra oscura y espesa de la cual salía el té que se tomará del otro lado del hemisferio.

El matrimonio en cuestión eran sólo dos jóvenes, obligados a ser adultos. Él tenía veintiséis y ella veinticuatro. Eran más jóvenes que nosotros y sin embargo teníamos vidas muy distintas. Pensé en cómo las condiciones y el lugar donde naces determina -en cierta medida- cómo será tu vida. No quiero decir que las cartas están marcadas y si naces en Sri Lanka tu vida quedará condicionada a las plantaciones de té porque eso es sólo si tenés algo de suerte. Dependiendo de tu religión –hinduista o budista- podrás estar de un lado u otro de la guerra civil. Dependiendo de tu origen social podrías ser mercancía del turismo sexual. Sri Lanka es un país de contrastes: su gente es amable y mucho más tranquila que sus vecinos, los indios; pero también guarda las necesidades y sufrimientos propios de un país asiático en vías de desarrollo.

Charlamos sobre temas que siempre quedan bien en cualquier parte del mundo: el clima y el paisaje. Pablo les pidió permiso para tomar una fotografía de los cuatro, a lo cual accedieron con un poco de timidez que no les impidió la alegría solemne de la foto familiar. Enseguida se entabló una relación de intercambio, nosotros teníamos algo que queríamos: la postal de una típica familia cingalesa en sus plantaciones de té y ellos querían algo que nosotros teníamos: la foto. Ella me pregunto si se la podíamos mandar, a lo cual yo respondí: “Claro que sí, dame tu Facebook”. Se imaginan la cara que me puso, difícilmente tendría Facebook ya que no tenía acceso a una computadora o a un celular. Pero de eso me enteré después, porque mi insistencia fue mayor cuando me dijo “Mandamela por correo” y yo atiné a anotar su correo electrónico pero ella agarró un papel medio arrugado y comenzó a escribir las coordenadas para dar con su casa. La vivienda no era más con una estructura rudimentaria de techo de paja ubicada en medio de las plantaciones en pleno monte. Pensé que era espacial y temporalmente imposible mandar esa foto desde Argentina. Creo que ellos no se daban una idea de lo alejados que viviamos.

Nos fuimos con el papel en el bolsillo y nos despedimos alegres por la efusividad del encuentro. Lo miré a Pablo y le dije: “Es obvio que no vamos a mandar esa foto por correo pero ellos esperan recibirla. ¿Por qué no la imprimimos y se la llevamos a la tarde como regalo?”. Pablo me miró sorprendido, creo que no se esperaba mi idea pero me siguió el juego.

Esa actividad que pensamos sería sencilla se convirtió en una odisea asiática. Imprimir la foto era más difícil que conseguir cerveza. Tarea que también es harto compleja en Sri Lanka. No encontrábamos ningún lugar en el centro que imprimiera fotografías y cuando finalmente encontramos uno, no tenía papel fotográfico. En un país donde los recursos son limitados tener una casa de fotografía con papel fotográfico es un exceso. La cuestión es que el ansiado papel se mandó a buscar a otro poblado y tardó unas horas en llegar. Finalmente logramos imprimir la fotografía y fuimos a regalarla. Eran como las seis de la tarde, no queríamos importunar porque a esa hora las familias cingalesas ya se preparan para cenar.

Finalmente encontramos la casa, tarea que tampoco fue sencilla pero resultó exitosa gracias a la capacidad de ubicación de Pablo. Si fuera por mí todavía estaría dando vueltas en las plantaciones de té. La familia no se esperaba nuestra visita sorpresa y ni se imaginaron cuál era el motivo, sin embargo nos abrieron las puertas de su casa que constaba de dos pequeños ambientes. Todo el mobiliario estaba compuesto por una repisa con algunos libros y una pequeña mesa con dos sillas donde nos invitaron a sentarnos.

Les regalamos la foto y se sorprendieron. A cambio nos ofrecieron su propio té para tomar y unos dulces del año nuevo cingalés que se había celebrado el dia que llegamos al país. Eran unos bollos de pura azúcar, no aptos para diabéticos. Les explicamos que decidimos traerle la foto en persona porque no creíamos posible que llegara por correo.

Comprobamos que la foto que les regalamos era la única foto familiar que tenían. La pusieron junto a la foto escolar de la hija mayor. Casi no dejaban que la taza de té se vaciara. Hablamos poco pero nos entendimos mucho. Al momento de irnos, Joshua nos ofreció acercarnos a nuestro hospedaje en el tuc-tuc que manejaba para obtener ingresos extras. Nos subimos todos, éramos seis en total. Luego, nos despedimos con la promesa insensata de que nos volveríamos a encontrar.


[1] El uruguayo es Martin Buscaglia y la canción se llama “visionarios”. Se encuentra en el álbum “somos libres” del año 2014.

Sri Lanka: Historia de una foto

2 comentarios en “Sri Lanka: Historia de una foto

  • diciembre 22, 2019 a las 1:24 pm
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    Hermosa historia!! Y nosotros q vivimos en la abundancia!!

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    • marzo 7, 2020 a las 3:32 am
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      Muchas gracias Ale por leer y comentar 🙂

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