Hacer música en Maldivas

Saludando a los fans en India, donde la rompi (ah re)

Veníamos de la experiencia de haber tocado la guitarra en las playas de Goa (India) y vimos que las posibilidades de conseguir un lugar para hacer música en vivo en Maldivas se limitaban a Maafushi, ya que las otras islas locales son menos turísticas y tienen menos restaurantes y hoteles para ofrecer un show. Por su parte, en las islas privadas es casi imposible. Mandamos algunos correos electrónicos a resorts que ofrecían música en vivo pero ninguno dejaba esos detalles librados al azar y ya contaban con “Big Bands” o Dj’s para musicalizar las noches. Por ende, la ecuación no es tan simple. Que el lugar sea demasiado turístico puede ser hasta contraproducente para tocar en vivo ¿Entonces cuál es la fórmula? No lo sé y eso es lo que más me gusta. Cada lugar tiene su característica e idiosincrasia. Las condiciones, el equipamiento y el público siempre será distinto. Las canciones que más gusten también. Que no exista una metodología igual para todos los lugares me genera incertidumbre y ansiedad pero también me gusta porque me ayuda a probarme y adaptarme.

En Maafushi tampoco iba a ser sencillo: había varios bares y restaurantes pero no ofrecían shows en vivo. Entonces nos arriesgamos a generar la demanda de algo que hasta entonces no se ofrecía en la isla. Recorrimos los bares casi uno por uno replicando el mismo ‘speach’: “Hello, we’re Pablo and María from Argentina. We’re musicians travelling around the world…”.

La mayoría nos decía que no ofrecían shows, hasta que un hotel con restaurant nos dijo que nos iba a contratar. Cuando nos pidió que le dijéramos cuánto salía nuestro espectáculo, nos miramos  con cara de incertidumbre “¿Cuánto le podemos cobrar?” “¿Y si le decimos mucho y nos saca rajando?” “¿Y si le decimos poco y nos terminamos regalando?”. Finalmente, nos dijo que por un espectáculo en la isla se solía pagar cien dólares. Saltamos de la alegría en nuestro interior e hicimos de cuenta que era un caché habitual para nosotros. Había un pequeño detalle a resolver: no había sistema de sonido y se tenía que traer de otra isla. Pero el manager del hotel nos dijo que no habría inconveniente alguno y que todo lo que le solicitamos iba a estar listo.

Esa noche fuimos con la guitarra a practicar el repertorio a la placita de la isla: un cuadrado con sillas playeras , el punto de reunión del pueblo. Allí nos encontramos con Hanna, la chica sueca que conocimos en Hulhumale, una pareja de italianos con su pequeña hija, Samantha de Eslovenia con su hijo y Gonzalo, un chileno que estaba viajando por Asia. Esa noche tocamos gran parte del repertorio en español que había sido un éxito en India ante el animado y heterogéneo público que pedía “una más”. Entre los temas que más sonaron estaba la querida y vieja confiable “La Bamba”. No hay que desmerecer el poder de esa simple canción que tiene sólo tres acordes fundamentales pero es reconocida en el mundo entero. Su simpleza y ritmo hacen mover los pies de varios continentes.

Quizás por una cuestión idiomática y regional conversamos mucho con Gonzalo, quien nos contó que se hospedaba en la playa y sin carpa. Llevaba una mochila del tipo escolar, ni siquiera tenía bolsa de dormir. Gonzalo nos contó que le parecía innecesario pagar tanto por una cama, cuando podía usar ese dinero para comer bien o hacer una excursión que le gustara. No estaba limitado con el dinero, sino que pensaba utilizarlo de una manera funcional a sus deseos. Esa actitud nos gustó, era un mochilero que estaba desafiando la lógica imperante en Maldivas y ponía en jaque el condicionamiento económico para disfrutar de un paraíso. Era un chileno un poco argentinizado al que le gustaba el mate, por ende lo invitamos a tomar unos al día siguiente. No iba a ser difícil encontrarnos en la pequeña isla.

Finalmente llego el dia del show. La tarde la pasamos con Gonzalo en la playa tomando mate, mientras yo repasaba el repertorio que tocaría esa noche. Llegada la hora, fuimos los tres al restaurante pero el manager nos informó que no habían podido traer los equipos desde la otra isla. Se me armó el nudo de angustia en la garganta, ese que te deja sin hablar o te hace romper en llanto. Había dedicado tiempo en ensayar las canciones y hasta habíamos especulado qué cosas hacer con esos cien dólares que ganaríamos. Saqué mi faceta de abogada y les exigí que al menos nos dejaran comer a los tres en el buffet del restaurante gratis. El resultado fue tres mochileros sudamericanos que atacaron el buffet y comieron como si no hubiera mañana. Creo que les hubiera resultado más conveniente pagarnos los cien dólares aunque no hubiéramos tocado.

Me quedé con la alegría de que habían ido a verme todas aquellas personas que la noche anterior habíamos conocido tocando en la plaza. Cuando iban llegando, con tristeza les tenía que explicar que no iba a poder tocar en el restaurant. Eso no fue un obstáculo sino que se convirtió en la oportunidad de compartir otra noche más de música juntos en la placita del pueblo, donde “La bamba” sonó más fuerte que nunca.

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